

Tamara Padrón
Libros

Escritora/ Editora
San Martín de los Andes
Patagonia Argentina
Galería de Fotos
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Bio
Soy Tamara y me aburro de las cosas.
Nací en la ciudad de Lima, muy cerca del mar, pero soy argentina por mi viejo bahiense. Desde hace años, vivo en San Martín de los Andes, aunque debo reconocer que viví un cuarto de siglo en Buenos Aires por lo que soy PPP - Peruka/Porteña/Patagónika.
Soy porfesora de Letras, a pesar de eso publiqué dos libros de poemas, Andenes y Los Días en la
Selva (puede que haya algo más, pero prefiero no acordarme), algunos artículos académicos un poco delirantes y colaboré en revistas literarias y no tanto.
Integro la Colectiva Cronopia, grupo etílico/literario de actividad intensamente intermitente con la que organizamos intervenciones, lecturas, talleres y casi cualquier cosa que se nos ocurra, hasta nuestra propia Editorial ,
Cronopia Bachicha- Cartonera

Noticias y Eventos
15
Oct.
Poetas en los Siete Lagos presenta los Mejores Cuatro de Copas de la región: Nilo Contepomi (Nqn.), Rafa Urretabizkaya ( Rep. de Ruca Hue), Natalia Belenguer ( Villa la Angostura) y Tamara Padrón (mejor no aclaremos). En la Pastera/ Museo del Che .
04
Nov.
10
Nov.
Presentación de Los Días en la Selva en Poesía y Picadita
Presentación de Los Días en la Selva en la
I Fiesta Internacional de la Palabra en Plottier
Entre las Bardas y el Río

CUATRO DE COPAS EN SANMA !!!


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Tamara Padrón

Escritora/ Editora
San Martín de los Andes
Patagonia Argentina

Los Días en la Selva (2016) es mi tercer libro de poemas, publicado por Kütral 451 Ediciones. Se trata de un libro objeto, confeccionado de manera artística y artesanal que juega a ser un envío postal a través del tiempo y la distancia.
Las ilustraciones son creación de Lahun Manik (Gisele Coriolano) y aportan otras lecturas, además de belleza. Este libro reúne poemas de los últimos diez años que viajan en furgones de tren, que habitan rincones de la infancia y de la memoria, poemas en los que la voz subjetiva se funde en un nosotros que la contiene.
Los días en la Selva han terminado, pero siguen llegando postales, aunque nadie las escriba.
los días en la selva
II
Llega apenas de pie
como un borracho que vuelve
de una noche interminable.
Se acuesta junto a la niña de ojos abiertos,
con el olor todavía fresco de los hombre en la piel.
Su cuerpo es una orgía de ángeles perdidos,
y ella es una santa descarnada en harapos.
Hay demasiada gente en esa cama
para dormir un sueño de niña.
Tener una madre puta no es tan malo,
salvo cuando utiliza su desesperación
como una piedra.
Como un grito incapaz de llenar
el vacío del mundo,
pese al asco y la náusea.
Tener una madre que ha sido puta
permite alegrar cumpleaños familiares ,
fiestas de fin de año, funerales inesperados
y por supuesto, encender
la más verde de las envidias sobre la mesa.
I
No hemos vuelto a la casa donde crecimos
Solo un momento contiene la memoria
Dos niñas juegan a recortar
la figura de su padre de las fotos familiares
hasta dejarle solo las manos.
Dos niñas que pueden susurrarle a la muerte
mientras viajan en tren,
de Tigre a Flores a paso de hombre,
sentadas con un prendedor n que graba su nombre
en el cuero de la memoria.
Una de ellas, llevará para siempre
el nombre mal escrito en el pecho.
La otra mantendrá los huesos de su padre
errantes, huérfanos de tumba y de flores.
Su hijo llevará a cuestas la orfandad
y la soledad de la selva.
¿Por qué no me habré quedado
con el nombre ajeno?
El instante guarda la memoria.
XVIII
Algunas veces
sobre las primeras horas de la noche,
la garganta deja el aire estaqueado
pesa saberse lejos de la casa nuestra,
del hogar imaginario de la infancia.
Nos defendemos contra la indolencia
de una ciudad que solo ofrece distancias.
Volveremos a tiempo para cenar
bajo la mirada de ojos conocidos
¿Quedará todavía algún lugar que sepa de nosotros?
Esa casa no es más que una sensación en el cuerpo.
Viajo sentada en los escalones de un furgón
rumbo a Quilmes o Solano
no puedo evitar sentir el aire de la noche
que trae reencuentros de familias
que nunca me han pertenecido
y que vuelven más frío
el golpe del viento en la cara.
Reconozco en los gestos apretados del tren
el mismo desamparo que llevo.
Quiero abrazarme contra esos cuerpos,
hacerles el amor uno a uno
con su mochila a cuestas y su ropa de obra.
Mientras el tren nos lleva más y más lejos.
IV
Ningún recuerdo es tan grande
como la máquina de escribir
sobre tu escritorio,
esa que no se podía usar para jugar
porque estaba destinada para cosas serias
en aquella oficina de cuero marrón.
Todo lo que quedó allí
ha crecido inmensamente.
Incluso la carta que no pudiste entender
porque a cierta edad
las palabras nos quedan cortas
y solo podemos amontonar letras y signos
hasta que la tinta dibuje sobre la hoja
lo que desde hace tiempo
espera descifrarnos.












